Más de una década desmantelando el sistema eléctrico

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En 2009 sonaban las primeras alarmas de la crisis energética que se manifestaría luego a gran escala.

La infamia que infundió el régimen desde su arribo al poder, hace casi veinticuatros años, consistió en hacer que cualquier desgracia que ocurriera como resultado de la gestión política ejercida, se hiciera costumbre en los venezolanos


 

Antonio José Monagas / Efecto Cocuyo (Venezuela) – 29/03/2022

La enfermedad del poder si no apaga la luz de la confianza, asesina sin excusa. Es el problema que agobia al hombre. Es el problema que abruma a quien, en el ejercicio de la política, insiste en imponer su creencia o presunción al margen del equilibrio que establece la multiplicidad de ideales.

El país transita hacia el agravamiento de su sistema eléctrico, lo que pone de manifiesto la gestión de un régimen cuya opresión y represión se maneja de un poder que sólo busca pasearse por infames agresiones, vejámenes y tropelías.

La ignorancia contra la historia

El país comenzó a dar tumbos que ocasionaron crudos golpes a su economía. Todo sucedía entre posturas económicas falsas y compromisos políticos flojos. Así, lesionaron lo que su desarrollo habría procurado. Viéndose nefastamente intervenida por la acción de un poder político que no razonaba.

Comenzó la infamia a rondar los senderos que iban siendo trazados y abriéndose como resultado del populismo demagógico que fue barriendo espacios. Y en consecuencia, asumiéndose como criterio político. Aunque encubierta detrás de una narrativa engañosa y presuntuosa.

Desde la posición que asumió el régimen militarista, apenas iniciando su gobierno en 1999, fue fácil manejar el problema energético. Todo ello gracias a que los regímenes políticos precedentes lograron instalar un sistema eléctrico no sólo extensivo, sino funcional dada la eficacia del suministro y generación del fluido eléctrico. Cubrían el territorio nacional. Inclusive, se tuvo un remanente que era exportado a Brasil y Colombia.

Sin embargo, diez años luego de 1999, el país comienza a demandar mayores niveles de electricidad que rebasaban los existentes. En 2009 sonaban las primeras alarmas de la crisis energética que se manifestaría luego a gran escala.

La sequía producida por el fenómeno del Niño, acaecida durante ese mismo año, había puesto al descubierto sumas carencias respecto de las necesidades energéticas que comenzaba a padecer el país. Carencias que igual revelaron la ausencia de un programa de mantenimiento que no se dio. La corrupción ya había hecho su gran debut. Asimismo, dejaron de ejecutarse valiosos planes de inversión requeridos por el desgaste y deterioro que comenzaba a notarse en términos de un funcionamiento riguroso. Especialmente en obras del tamaño que mostraba el sistema hidroeléctrico del Caroní. Es decir, Guri, Las Macaguas, Curuachi y Tocoma (aunque ésta todavía en fase de planteo y edificación).

Dicho sistema eléctrico se había diseñado para aportar 17 mil megavatios. Sólo que la ineptitud, la falta de gerencia, la desorganización y la inoperancia, actuaron como factores retardatarios y sectarios. Los mismos se valieron del proselitismo político imperante para desviar la atención en torno al problema que enardecía nacionalmente en todos sus sentidos. Además, para desvirtuar la significación tecnológica que le imprimía la concatenación de equipos importados de alta precisión de los cuales dependía su aseguramiento funcional.

Crisis con enfoque político-partidista

Empresas de electricidad como Cadafe, La Electricidad de Caracas, La C.A., con sus agregados de plantas generadoras y aprestos operacionales, y una vasta red de efectivas suministradoras y generadoras de energía eléctrica, diseminadas por el país, no bastaron para cubrir los problemas que para entonces surgieron. Y continúan emergiendo, haciendo más crítica la situación existente.

La crisis energética siguió agravándose, cada vez con mayor recurrencia. Justamente, porque la crisis quería resolverse con un enfoque político-partidista. Pero que sólo la exasperó y exacerbó en demasía. Tanto así que la desvergüenza e ignorancia de altos funcionarios del infamante régimen, actuaron como paradójicas razones para decidir el asesinato de las Empresas de Guayana, todas representativas del opulento Sector Primario de la economía venezolana durante cuarenta años de progresiva industrialización.

La orden presidencial de apagar los hornos eléctricos de SIDOR, en diciembre de 2009, y que derivó en cadena para cerrar y retirar las celdas de ALCASA y VENALUM, fue la chispa que encendió la mecha conectada a la bomba radioactiva que destruyó la industria venezolana. Se destruyó la salud empresarial, y el bienestar socioeconómico del país. Emergió el imperio de la corrupción, afeándole el rostro al país y hacerlo vagar por el camino de la decadencia.

Hoy, luego de casi catorce años de haberse vivido el primer apagón de alcance nacional, la situación eléctrica adquirió la forma de un espantoso tornado cuyo vórtice ha engullido todo cuanto ha podido, pero siempre en beneficio de la avidez que caracteriza la corrupción administrativa que descalabra el erario público. A este escenario hay que sumarle la usurpación de funciones y responsabilidades en los intríngulis de la industria energética nacional por funcionarios sin formación.

¿En la ruta hacia el anti-desarrollo?

Actualmente, tanta presunción y alarde “revolucionario” ha llevado a Venezuela a una situación de crisis de inimaginables resultados cuyos efectos arrasaron con un parque industrial que servía de cimiento a importantes programas de desarrollo nacional.

Ordenar el apagado de Planta Centro, así como desmantelar la Planta Vieja Tacoa, ha conducido al atraso de Venezuela en todas sus manifestaciones. Lo mismo, ha sucedido con otras generadoras de electricidad, aunque de menor rango. Todo por la desatinada razón de ejecutar un socialismo absurdo convencido que el “Estado debe ser propietario de cuantos medios de producción sea posible(…)”. Fatua e irracional pretensión.

Venezuela funciona a duras penas. De apagón en apagón, de caída de tensión, en caída de tensión. De problema, en problema. Tantos desmanes, reclinados sobre la indolencia, ignorancia y resentimiento de quienes actúan mofándose de la institucionalidad. Condición ésta que todavía hace sonar sus tambores de guerra (política).

No conforme con inducir tan serios problemas que privaron al país de su legítimo derecho a desarrollarse, el despotismo del artificioso socialismo “bolivariano”, consiguió osadas razones de convertir un país petrolero a un mendicante de gasolina, alimentos y medicamentos. Pues ni siquiera cuenta en la actualidad con la capacidad de producción. Sus furibundos gobierneros, aduladores, dañaron sistemas industriales. Y ahora, no tienen la menor idea de cómo ni cuáles son sus correspondientes procedimientos para reiniciarlos.

La infamia que infundió el régimen desde su arribo al poder, hace casi veinticuatros años, consistió en hacer que cualquier desgracia que ocurriera como resultado de la gestión política ejercida, se hiciera costumbre en los venezolanos. Y es porque la política precaria y arbitrariamente ejercida, al igual que los odios estimulados entre coterráneos, la estupidez del obtuso y la incultura del iluso, son razones que degradan. Al vivir entre escollos también permiten advertir claramente en Venezuela, cómo y cuál es el rostro de la infamia.

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