Nicaragua: De cómo Daniel Ortega se ha perpetuado en el poder

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Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo.

Ortega ha desmantelado las instituciones públicas, los legisladores sandinistas aprueban todas las ocurrencias del jefe


 

Francisco E. González / Tradición Viva (España) – 24/11/2021

¿Cómo hizo Daniel Ortega para consolidarse en el poder? En este artículo describiré las acciones por las que consiguió su objetivo. Comencemos. Lo primero que señalaré es que la inoperante oposición es una de las razones de que Ortega se consolidara. Esto quedó demostrado en el 2006, año en que Ortega regresó al poder. Los que todavía podían representar una oposición, fueron incapaces de consolidar un proyecto político que comenzara por donde se debe empezar: desde sus bases filosóficas para después, elaborar un discurso económico, moral y político sólido sobre el que apoyarse, consolidar hegemonía cultural y difundir la imagen opositora por todos los medios que tuvieran a su disposición para llegar al corazón de la gente.

Del seno del Partido Liberal Constitucionalista que había sido en los años noventa la fuerza opositora en el país salieron otras ramificaciones políticas que pretendían representar a los intereses de los liberales. Pero en lugar de ello, cada una se dispersó y cada una se llevó consigo a un número de votantes que de haber seguido una idea unificadora, hubiera significado un voto de ventaja para los liberales en el 2006. Sin embargo, el caudillismo en Nicaragua es una institución y, por lo tanto, cada uno, según el adagio popular: «halaba agua para su propio molino».

La pérdida del poder en el 2006 fue la consecuencia inevitable de una oposición en franca decadencia; decadencia que al día de hoy se ha convertido en polvo de camino. Como señalan algunos autores, la oposición nunca pudo elaborar un discurso convincente capaz de echar raíces en la consciencia de la gente para que fuera la misma gente quien les otorgara legitimidad a su proyecto. Esta supuesta oposición se olvidó de la pobreza y en lugar de ofrecer trigo y arado para producir pan, ofrecía división de poderes y democracia que con hambre no se tiene la más mínima idea de lo que eso significa.

Y eso sí lo aprovechó el sandinismo y al sol de hoy sigue ofreciendo «pan y circo». Esas políticas asistencialistas que los «opositores» pasaron criticando, le dieron a los pobres de comer y los pobres le dieron al régimen lealtad. Esta transacción es infame, de eso no hay duda, pues aprovecharse de las necesidades del prójimo para los fines políticos de una élite o de un caudillo, es inmoral. Pero ni eso fueron capaces de hacer los «opositores», pues quisieron presentarse como modelos de santidad y benevolencia, intachables en su conducta y honrados en su proceder…

Ahora bien, en orden a perpetuarse en el poder, una de las primeras argucias fue haberse sacado de la manga, que sino se le permitía una nueva candidatura para las presidenciales del 2011, se estarían violentando sus derechos humanos. Una treta que también invocó el boliviano Evo Morales para los mismos fines de perpetuación del poder. Así, pues, una juez de la Corte Suprema no falló en contra de Ortega, sino que dio luz verde a su candidatura presidencial. Poco a poco, Ortega fue tomando control de las instituciones clave, alterándolas o desarmándolas hasta ganarse la reelección indefinida. Con un triunfo altamente cuestionado, con los candidatos y la comunidad internacional desconociendo los resultados, Daniel Ortega se adjudicó la victoria en las presidenciales del 2011. Cinco años más tarde, ya con todo el aparato estatal dominado por sus intereses y proponiendo a su esposa a la vicepresidencia y destituyendo a 28 diputados del Partido Liberal Independiente con un fallo judicial que no tenía pies ni cabeza, obtuvo mayoría en el parlamento para legislar y aprobar básicamente todo lo que se le pudiera ocurrir y en las elecciones de ese año no hubo ninguna novedad. Sin opositor y oposición, y con nuevas elecciones de dudosa reputación, Ortega vuelve a ganar con la novedad de que ahora gobernará con su esposa y primera dama, Rosario Murillo.

Tomás Borge, uno de los fundadores del FSLN antes de su muerte ocurrida en 2012 advertía lo siguiente: «Todo puede pasar aquí, menos que el Frente Sandinista pierda el poder (…) Me es inconcebible la posibilidad del retorno de la derecha en este país. Yo le decía a Daniel Ortega: ‘hombre, podemos pagar cualquier precio, digan lo que digan, lo único que no podemos es perder el poder. Digan lo que digan, hagamos lo que tenemos que hacer, el precio más elevado sería perder el poder. Habrá Frente Sandinista hoy, mañana y siempre».

Pero sigamos. Dos años después del «triunfo» electoral, en abril del 2018, por la inoperancia del gobierno para hacerle frente a los incendios de la reserva natural de «Indio maíz» y días después, por la aprobación de unas regulaciones al Seguro Social donde los ancianos acabarían por llevarse la parte peor, dio inicio una serie de manifestaciones antisandinistas de indignación por las políticas injustas al Seguro Social y por la nula respuesta al problema de la reserva natural, pero sin que la batuta de las protestas la llevara algún partido de oposición, puesto que ya carecían de credibilidad y fuerza motriz para llevar adelante manifestaciones. La misma gente se levantó contra Ortega aunque les diera plomo, pues no solo la policía ejecutaba las acciones, sino que, el sandinismo tiene un brazo irregular de matones: paramilitares leales a Ortega y que en contubernio con la policía, se echaron en el saco a una buena cantidad de víctimas letalmente. Tales manifestaciones obtuvieron, pues, por parte del gobierno mano de hierro. Más de 300 muertos entre policías y civiles, cientos de presos políticos y una buena cantidad de exiliados. Tristemente, Nicaragua se volvía a sumergir en otra oleada de sangre de esas que la nación ha experimentando en sus doscientos años de «independencia». De hecho, la contabilidad histórica nos informa que en el país ha habido 35 años de anarquía entre 1821 a 1856; 17 años de dictadura liberal masónica, 43 años de dinastía somocista y 24 años de sandinismo. En 200 años de independencia, 119 han sido de represión y conflictos, sangre, desorden y violencia.

Pero como Ortega seguía fielmente el guión de Tomás Borge, se inventó, para justificar el uso desproporcionado de la fuerza policial, la narrativa de que lo que estaba ocurriendo en abril del 2018, era Un Golpe de Estado Suave. Por supuesto, también invocaron a los espíritus confiables del pasado: que ese «golpe de Estado suave» fue un trabuco ideado en Washington y ejecutado en Nicaragua por los «vende patria», por los serviles del imperio que intentan desestabilizar al país, arrebatarle la paz y frenar el glorioso progreso alcanzado por el FSLN. Las víctimas quedaron impunes y el gobierno se amarró de la desopilante idea del golpe de estado suave para justificar su violencia. Y así como así. Ortega salió incólume y sonriente

Ya el politólogo catalán Salvador Martí i Puig señalaba que «(…) a pesar del enorme deterioro socioeconómico y aislamiento internacional que acompañó el estallido de 2018, es probable que Ortega y Murillo se perpetúen en el poder este año (2021, algo que ya está confirmado). Bajo su mandato, el gobierno de Nicaragua ha desarrollado una especial voluntad y capacidad represiva, en proporciones que no hemos visto en América Latina desde la caída de las dictaduras anticomunistas de los años 60 y 70», porque Ortega solamente está haciendo lo que tiene que hacer para conservar el poder y para que como dijera Tomás Borge, haya sandinismo hoy, mañana y siempre.

Por otra parte, desde el 2018 hasta la fecha, teniendo el FSLN mayoría en el parlamento, han aprobado leyes que nadie ha hecho nada para impedirlo. Una de esas leyes penaliza cualquier forma de protesta, otra censura y persigue las opiniones. Con la otra se inculpa a cualquier opositor de terrorista. Y con ese paquete de legislaciones han metido preso a universitarios o campesinos y han despedido de los ministerios públicos a maestros o médicos disidentes. A la fecha, a todos los que están injustamente presos, no se les ha podido comprobar ninguna acusación porque sencillamente no hay ninguna prueba que los inculpe de algo que el gobierno inventó.

Las últimas acciones, llevadas a cabo durante este año, previo a las «elecciones» del siete de noviembre, fue la persecución a los candidatos que habrían podido retar su estancia en el poder y como por arte de birlibirloque, todos ya estaban siendo acusados de… cualquier cosa, girándoseles órdenes de captura, allanando sus propiedades y llevándolos a las celdas penitenciarias y a otros dejándolos presos en sus propias casas. Pero ni una sola evidencia de lo que se les acusa porque todas esas tretas únicamente eran estrategias para sacar del camino a los candidatos que le pudieran complicar la farsa electoral. Es probable sí, que esos presos políticos salgan libres por amnistías que el gobierno les vaya a dar, supuestamente «perdonando» los menoscabos a la patria, porque, no hay forma, ni en broma, de que les puedan comprobar las acusaciones.

Así, pues, Ortega ha desmantelado las instituciones públicas, los legisladores sandinistas aprueban todas las ocurrencias del jefe, se inculpa de traidores a la patria o de terroristas a quien sea que levante la voz, se los persigue y se les echa presos sin procedimientos jurídicos creíbles. La opinión disidente es claramente censurada, se amenaza a los trabajadores públicos; se mantiene a la gente entretenida al modo romano: con pan y circo y finalmente, la inoperancia de la oposición acaban siendo los factores por los que Daniel Ortega y su mujer, se han perpetuado en la silla del poder político en Nicaragua.

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