Venezuela y China: la lucha por el relato en mitad de la pandemia

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Preparémonos para responder la pregunta de la década: ¿qué tanta libertad estamos dispuestos a entregar a cambio de nuestra seguridad?

Las sociedades democráticas deben estar doblemente atentas para conseguir inmunizarse contra las pandemias: tanto la del COVID-19 como la del absolutismo, pues la posibilidad más distópica del big data es el totalitarismo digital


 

Carmen Beatriz Fernández / El Pitazo (Venezuela) – 14/05/2020

Cuando con serenidad, en unos meses, nos sentemos a evaluar el impacto de la pandemia, probablemente los indicadores se concentren en dos órdenes: el sanitario, con su número de fallecidos y pacientes con secuelas, y el económico, con cifras de merma en el crecimiento económico, empresas quebradas y desempleo. Pero será tremendamente importante poner la lupa sobre una tercera consecuencia, acaso más importante que las dos anteriores: la relativa a los cambios en la calidad de la democracia.

En tiempos de COVID-19 se libran varias luchas sin cuartel: en hospitales y camas de los enfermos, por la vida; en laboratorios clínicos, por soluciones de inmunización, y desde los grandes actores políticos, por el relato. Si bien del “paciente cero” del COVID-19 no se sabe mucho, desde el primer minuto China sí supo valorar la importancia de imponer un relato para proteger su reputación global (y después mejorarla). De ahí el énfasis en hacer ver su abordaje tecnificado de contención del coronavirus como imprescindible. Ese abordaje está centrado en dos pivotes: el Estado vigilante (surveillance State) y el oligopolio de la información. Ambos constituyen claras amenazas contra la democracia liberal.

Algunas tácticas del régimen venezolano en el abordaje de la pandemia forman parte también del modelo de Estado vigilanteHace ya tiempo que el gobierno de Nicolás Maduro vincula los programas de suministro de alimentos con la carnetización digital, y esta a su vez con el sistema electoral, construyendo poderosas bases de datos de control y vigilancia. Las elecciones de mayo de 2018 en las que resultó reelecto Maduro, y que Occidente desconoce, fueron un claro ejemplo de cómo podía usarse el hambre como mecanismo de opresión social y de dominación desde el poder ejecutivo. No sorprende que en la creación de la plataforma del “carnet de la patria”, como se denomina el carnet digital, haya intervenido ZTE, el gigante tecnológico chino, a través de un convenio celebrado con la operadora local de telefonía CANTV que alcanza los 2.000 millones de dólares. El Gran Hermano chino tiene en el régimen de Maduro a un hermanito menor, que le admira y quiere imitar.

La supervisión de un Estado sobre la sociedad, a través de la recopilación de inteligencia, información y grandes datos, es justificada para ejercer sus potestades de seguridad, pero solo puede hacerlo a costa de las libertades individuales. Son parte del Estado vigilante las muy sofisticadas técnicas de reconocimiento facial para el control social que practica el gobierno chino, las cuales permiten, entre otras novedades, reconocer y someter al escarnio público a quienes infringen las normas. Algunos semáforos inteligentes conocidos como jaywalkers están ya ubicados en las principales ciudades chinas y permiten detectar violaciones de las normas por parte del peatón, y exhibir el rostro y las señas de identidad de los transgresores en pantallas gigantes. “Una vez que se confirma la identidad del delincuente, su foto se publicará en una parada de autobús cerca de donde se cometió el delito”, leemos en South China Morning Post.

La epidemia de coronavirus ha develado avances en el Estado vigilante chino, como la posibilidad de medir de manera masiva la temperatura corporal de los ciudadanos y enviar alertas tempranas sobre síntomas del virus. Las grandes ciudades chinas están ya equipadas para el ejercicio de la vigilancia a gran escala, aunque aún no se hayan implementado medidas masivas. En la ciudad de Rongcheng –para los estándares chinos es una ciudad pequeña, pues cuenta con 700.000 habitantes– se ha llevado a cabo una prueba piloto de control social a escala masiva, a través de un mecanismo sofisticado de puntuaciones de crédito social, que podría implementarse a escala nacional. Esta prueba tiene su par caribeño en el ensayo de control de la movilidad en la populosa parroquia de Catia, en Caracas, con el otorgamiento de unos salvoconductos que permiten salir a la calle. Hasta ahora la prueba ha sido poco tecnificada y ha fallado notablemente, pero la intención salta a la vista.

Sobre el big data

Son enormes las posibilidades positivas del big data. Cuando hacemos minería de datos a gran escala se pueden identificar patrones de conducta muy certeros, aplicados a la biología, la conducta humana y las ciencias sociales en general. En 2009, cuando el virus N1H1 amenazaba con convertirse en pandemia, los centros sanitarios de todo el mundo tenían órdenes de tabular la información y compartirla, pero ese proceso llevaba dos semanas de atraso respecto a la realidad. Y dos semanas para un virus que se contagia agresivamente es una enormidad de tiempo. No parecía haber forma de superar esta asincronía cuando Google diseñó un modelo predictivo a partir de las 45 palabras de búsqueda que mejor correlacionaban con el brote N1H1. En función de los patrones de búsquedas se determinó en tiempo real cómo se comportaba y se desplazaba geográficamente la epidemia.

China se apalanca sobre el sistema de vigilancia tecnológica para acorralar al coronavirus, pero lo hace sobre el control social, tratando de mantener al mismo tiempo el monopolio de la información, y es aquí donde está la diferencia clave con lo ocurrido en 2009. También en Venezuela la nomenclatura madurista se ha ocupado de mantener el control de la información de una manera férrea. A semejanza del modelo chino, y salvando las distancias, la lucha de Maduro contra el virus se libra más en las salas de redacción que en los laboratorios clínicos. Un reciente informe de la Sociedad Nacional de Trabajadores de la Prensa venezolana (SNTP), titulada “Pandemia de la desinformación”, apunta que, en lo referido al COVID-19, “publicar información distinta o tan siquiera complementaria a la contenida en el boletín que se lee en los medios del Estado, y que replican los medios privados, le ha valido el encarcelamiento a una veintena de periodistas”.

Libertad de expresión

Además, el virus ha dejado en evidencia las contradicciones del sistema político chino: 10 académicos chinos pidieron libertad de expresión tras la muerte del doctor Li Wenliang, censurado y amonestado tras haber sido uno de los primeros en advertir sobre el virus. Cuando existe gente que teme toser en público, o gente que no puede buscar en Google sus síntomas por temor a ser localizado, se impide que el big data pueda convertirse en solución. Este aspecto es clave, y apunta a una incompatibilidad de fondo entre el capitalismo y el control social totalitario. Apple y Google planean lanzar en mayo una aplicación que facilita el rastreo de contagios, siendo respetuosa de las libertades individuales. Al convertirse el coronavirus en pandemia global, pronto habrá una oportunidad de contrastar el uso del big data entre el modelo chino y el occidental.

En la acumulación masiva de datos convergen ya muchas industrias, con información acerca de clientes, proveedores, servicios y operaciones. Son gigantescas bases de datos con información de movilidad, registros médicos, elecciones o impuestos, donde el grueso de los grandes datos vienen del análisis de las redes sociales y las aplicaciones de los teléfonos móviles: Google, Twitter, Facebook, el GPS de nuestros celulares y todas aquellas aplicaciones que usamos varias veces al día. Hoy China busca fortalecer su modelo de control apalancándose sobre la pandemia, empleando un relato de superioridad tecnológica aparejado con la inevitabilidad del modelo, anteponiendo la seguridad por encima de otros valores como la libertad y la equidad. Las sociedades democráticas deben estar doblemente atentas para conseguir inmunizarse contra las pandemias: tanto la del COVID-19 como la del absolutismo, pues la posibilidad más distópica del big data es el totalitarismo digital.

Preparémonos para responder la pregunta de la década: ¿qué tanta libertad estamos dispuestos a entregar a cambio de nuestra seguridad?


  • Artículo publicado en El Pitazo el día 07/05/2020.
  • Carmen Beatriz Fernández es politóloga, profesora de la Universidad de Navarra y directora de DataStrategia. @carmenbeat

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