“Funeral de Estado”: el cuerpo de Chávez se volvió objeto de culto en Venezuela

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En Los restos de la revolución, la periodista colombiana Catalina Lobo-Guerrero hace un retrato político y social de Venezuela.

La escritora Catalina Lobo-Guerrero en su libro “Los restos de la revolución”, publicado por la editorial Aguilar y del cual El Espectador reproduce el siguiente fragmento, cuenta cómo el cuerpo del expresidente Hugo Chávez se volvió sagrado para Venezuela


 

Catalina Lobo-Guerrero / El Espectador (Colombia) – 29/04/2021

Funeral de Estado (pág. 47)

Roiman Mendoza conocía bien la cara del presidente Chávez. Como camarógrafo del canal 8, Venezolana de Televisión (VTV), se había enfocado en ella muchas veces. Quiso ir a verla, una vez más, apenas supo que el féretro estaría abierto dentro de la capilla ardiente. Pero la TV oficial tenía otras prioridades y Roiman solo cumplía órdenes: no habría nunca una imagen televisada del Comandante muerto.

Los rostros que importaban eran los de los demás presidentes, delegados diplomáticos e invitados ilustres que desfilaban por un tapete rojo, al aterrizar en Caracas, para asistir al sepelio oficial. El presidente boliviano, Evo Morales, un fiel amigo y admirador de Chávez, fue de los primeros en llegar. A Roiman le pareció que lucía desaliñado y despeinado cuando se bajó del avión. La mandataria brasileña, Dilma Rousseff, tenía cara de sueño y se escondía detrás de unos grandes lentes oscuros. La presidenta argentina, Cristina Fernández de Kirchner, tan maquillada —como siempre—, llegó pero se fue después de ver a Chávez en su ataúd. Ni ella ni Rousseff, ni el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, se quedarían para la ceremonia oficial.

Fueron veinticuatro horas las que Roiman estuvo de pie, incómodo entre un flux que le tapaba los tatuajes en los brazos, con corbata y zapatos de cuero, grabando el desfile diplomático, en vivo y en directo, desde la rampa cuatro del Aeropuerto Internacional de Maiquetía. Todo para demostrarle al país que Hugo Chávez había sido un “gigante” internacional, como decían las presentadoras del canal. A la ceremonia de Estado, celebrada en la capilla ardiente el viernes 8 de marzo, asistieron más de cincuenta delegados internacionales, pero no todos hicieron guardia de honor ante el féretro.

Los primeros en pasar fueron los presidentes de países de la Alianza Bolivariana (ALBA), entre ellos los amigos incondicionales: Raúl Castro, de Cuba; Evo Morales, de Bolivia; Rafael Correa, del Ecuador, y Daniel Ortega, de Nicaragua. Después lo hizo el resto de los mandatarios de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), algunos de ellos eternamente agradecidos por tantos barriles de petróleo subsidiados.

La influencia de Chávez era incuestionable en los países de la región. En varios de ellos también se decretaron días de duelo y minutos de silencio. Pero a pesar de haber sido un símbolo contra el imperialismo norteamericano y de su generosidad petrolera, daba la impresión de que en otros continentes Hugo Chávez había sido solo un personaje tropical más. La Unión Europea envió a un delegado para todos los países y España, al príncipe Felipe. Estados Unidos, China y Rusia, tres países con los que Venezuela tenía los más importantes acuerdos comerciales, estuvieron representados por funcionarios o ministros, pero no acudieron sus jefes de Estado.

En cambio, los principales jefes de ese otro mundo, el “multipolar” del que hablaba Chávez, hicieron largos viajes trasatlánticos para despedirlo. Ahí estaba Teodoro Obiang, presidente de Guinea Ecuatorial, con tantos años en el poder y señalamientos de corrupción que ya no era noticia. Toda la atención la acapararon los presidentes Mahmoud Ahmadinejad, de Irán, y el bielorruso, Alexander Lukashenko, quien venía acompañado de su retoño, un niño muy rubio, vestido con chalequito y corbata, que estuvo sentado sobre las piernas de su papá durante la ceremonia. En el momento de hacer la guardia de honor, tanto Lukashenko y su hijo, como Ahmadinejad, hicieron lo que ninguno de los otros mandatarios se atrevió: tocar el féretro de Chávez con sus manos, y el iraní le dio un beso al cajón de despedida.

La ceremonia para celebrar al “inmortal” duró casi tres horas. Estuvo acompañada con música llanera venezolana, muchas consignas y varios sermones religiosos. El del pastor estadounidense Jesse Jackson contó con traducción simultánea. Mientras escuchaba sus palabras, el actor de Hollywood Sean Penn entrelazaba sus manos con las de dos dignas representantes de las juventudes chavistas, sentadas a lado y lado de la estrella.

Cuando le correspondió hablar a Nicolás Maduro, pronunció un discurso más político que espiritual, como si estuviera en plaza pública. En su momento de mayor exaltación, al borde del llanto, gritó contra los enemigos de la patria: “¡No pudieron contigo, Comandante! ¡No podrán con nosotros jamás!”. Y para rendirle el máximo honor patriótico, pidió que le entregaran una réplica de la espada de Simón Bolívar a la familia Chávez.

Al finalizar el homenaje, los visitantes internacionales regresaron a sus países y Roiman pudo ir a despedirse del presidente, sin cámaras y sin órdenes de transmisión, unos días después. No le gustaba “chapear”, pero utilizó su carnet de trabajador del canal del Estado para que lo dejaran pasar a la capilla ardiente sin hacer tanta fila. Su despedida, sin embargo, duraría un parpadeo, como la de todos los demás. Se empinó para verlo dentro del ataúd y se lamentó ante lo que vio: una cara tan hinchada, enorme y desproporcionada que no creyó que fuera el Comandante.

El cuerpo de Chávez continuó expuesto durante varios días y nadie parecía saber qué hacer con él. El presidente había dicho, en varias ocasiones, que quería ser enterrado en la sabana venezolana, donde había nacido. Pero la revolución estaba por encima de sus deseos. Y por encima de ella, quizás, la improvisación.

Durante las últimas horas de Chávez, Maduro había asegurado que los “enemigos imperiales” estaban detrás del cáncer que había atacado al presidente. Recordó que su Comandante había especulado sobre la posibilidad de que Estados Unidos hubiera desarrollado una tecnología para inducir la enfermedad en cinco mandatarios de América Latina. El Departamento de Estado rechazó la acusación y la tildó de “absurda”.

Luego de anunciar la muerte, Maduro insistió en la misma historia, que otros cuadros del Gobierno y chavistas de la tribuna radical repetían. El cáncer de Chávez “rompía todas las regularidades” y crearían una comisión científica para investigarlo, dijo en una entrevista que concedió al canal Telesur. “Tenemos esa intuición de que el presidente Chávez fue envenenado por fuerzas oscuras que querían salir de él para destruir a la Revolución Bolivariana y golpear a América Latina y el Caribe”.

El cuerpo del presidente guardaba la evidencia de un ataque imperialista.

Entre tanto, la gente seguía pidiendo que enterraran a Chávez en el Panteón Nacional, al lado de Bolívar. Para hacerlo, tendrían que modificar la Constitución. Según el artículo 187, debían transcurrir veinticinco años antes de que los restos de cualquier ilustre pudieran ser trasladados hasta allí. Los diputados chavistas anunciaron que tramitarían el cambio de ley en la próxima sesión de la Asamblea Nacional y Maduro dijo que, una vez aprobaran la enmienda, la sometería a una consulta popular. De todas maneras, los venezolanos tendrían que ir a las urnas en treinta días para elegir a un nuevo mandatario.

El cuerpo del presidente sería un motivo adicional para ir a votar.

Pero ningún cadáver —ni siquiera el del “invencible”, el “intumbable”— aguantaría treinta días expuesto al calor de Caracas. Entonces, como siguiendo el manual de las revoluciones, Nicolás Maduro anunció que sería embalsamado como Vladimir Lenin o Mao Tse Tung para que “el pueblo pueda verlo eternamente” entre una urna de cristal. Su lugar de descanso provisorio sería el Museo Militar, desde donde Chávez había lanzado su intentona golpista el 4 de febrero de 1992, que ahora sería convertido en mausoleo y Museo de la Revolución.

El cuerpo del presidente sería futuro objeto de culto.

Para embalsamarlo tendrían que reemplazar toda su sangre por una mezcla con formol, germicidas, colorantes y conservantes. Algunos decían que era necesario remover todos los órganos, retirar los ojos y suturar la boca. Luego habría que maquillarlo y exponerlo a temperaturas frías para su conservación eterna.

Muchas personas, incluso chavistas, no estaban de acuerdo. El cuerpo de Chávez había sufrido mucho después de haberse sometido a cuatro operaciones e intensas sesiones de quimio y radioterapia. Se había hinchado y perdido casi todo el pelo. Durante los últimos días, había soportado una cánula traqueal para poder respirar, padecido agudos dolores y, según Casa Militar, un paro cardíaco al final. Médicos forenses y tanatólogos, críticos del Gobierno, dentro y fuera de Venezuela, especulaban si el cuerpo había sido sometido a una tanatopraxia temporal para conservarlo durante el periodo de velación o si ya estaba en proceso de descomposición.

Inicialmente, corrió el rumor de que un italiano, embalsamador de papas, sería el responsable de inmortalizar a Chávez. Después se dijo que serían los rusos del Instituto de Plantas Medicinales y Aromáticas, los mismos que habían practicado el proceso en Ho Chi Minh y Kim Il Sung. Corea del Norte habría pagado un millón de dólares al instituto por la inmortalización del cuerpo de su líder. Pero cuando una agencia de prensa internacional trató de averiguar si el Gobierno venezolano los había contactado, el instituto se negó a darles cualquier explicación.

“Llegaron científicos rusos y alemanes para embalsamar a Chávez”, dijo Maduro una semana después. “Y nos dicen que es muy difícil, porque se debió haber comenzado antes”. A los pocos días, el ministro de Información, Ernesto Villegas, anunciaría, a través de su cuenta de Twitter, que el Gobierno había descartado la opción del embalsamamiento. Los médicos extranjeros habían dicho que para llevar a cabo el proceso debían llevarse el cuerpo a Rusia por, al menos, siete meses. Impensable. El cuerpo del presidente, como el cuerpo de Simón Bolívar, era sagrado para la nación.


  • Artículo publicado en El Espectador el día 27/04/2021

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