Política y adicción a la venganza

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El disfrute de la venganza por Hugo Chávez no pudo ser mejor caracterizado con su alusión al dulce de lechosa,

«El goce de la venganza en los gobernantes no sólo les hace un daño terrible a los objetos de su ira, sino también al resto de la población»


 

Orlando Ochoa Terán / Venergia.org (Venezuela) – 29/10/2021

James Kimmel, profesor de psiquiatría de la Universidad de Yale, es un investigador sobre el rol de los agravios y sus efectos en el cerebro. El científico sostiene que los estudios de imágenes cerebrales muestran que albergar un agravio (un mal percibido o una injusticia, real o imaginaria) activa el mismo circuito de recompensa neuronal que los narcóticos. De modo que cuando se trata de agravios el efecto en el cerebro se parece mucho al efecto de las drogas.

“No es una metáfora” -asegura el investigador- “es biología cerebral”. La dopamina es la sustancia responsable de las sensaciones placenteras del cerebro y los agravios desencadenan ansias en la anticipación de experimentar placer y alivio a través de la intoxicación. La venganza no tiene por qué ser físicamente violenta; una palabra o un WhatsApp de contenido agresivo, también es gratificante. Aunque estos hallazgos son nuevos y la investigación aún se desarrolla, lo que esto sugiere es que, así como algunas personas se vuelven adictas a las drogas o al juego, pueden volverse adictas a buscar represalias contra sus rivales, adversarios o enemigos y esto se conoce como “adicción a la venganza”. Esto ayuda a explicar por qué algunas personas simplemente no pueden evitar sentirse agraviadas directa o indirectamente con una opinión ajena y recurren a cualquier forma provocadora o de violencia física, verbal o escrita, mientras otros simplemente pasan por alto los supuestos agravios y siguen adelante.

A propósito de esta teoría vale la pena preguntarse, comenta el profesor Kimmel, si esto ayuda a explicar la obsesión de algunos gobernantes como Donald Trump por sus agravios y sus formas de reclamar represalias. El sello distintivo de la adicción a la venganza es una conducta compulsiva que a pesar de que las consecuencias son dañinas no los detienen. Los que conocen a Trump dicen que es incapaz de evitarlo pues lo ha estado haciendo durante gran parte de su vida y parece obtener un gran placer en la venganza.

El dulce bolivariano

Un modelo equivalente lo vivimos los venezolanos con Hugo Chávez. Su disfrute de la venganza no pudo ser mejor caracterizado con su alusión al dulce de lechosa, una expresión que ha devenido en Venezuela en una suerte de morbosa cristalización de lo dulce de la venganza. En la madrugada del 20 de febrero de 2003 le informaron a Hugo Chávez de la detención del presidente de Fedecámaras, Carlos Fernández, el primero de una interminable lista de opositores que llevaría a prisión. Esa misma noche anunció públicamente que se había acostado “satisfecho y feliz como pocas veces en sus cuatro años de gobierno”. «Cuando me avisaron que detuvieron a Fernández, me acosté con una sonrisa y mandé a traer dulce de lechosa para deleitarme». Su manera grotesca y vindicativa de despedir a gerentes de PDVSA le costó su peor crisis.

Por imitación o contagio Delcy Rodríguez ha irradiado un internalizado placer por la venganza en declaraciones como esta: “El 6 de diciembre será nuestra venganza personal con mucho amor”. En 2018 las repitió: “La revolución es nuestra venganza por la muerte de nuestro padre y sus verdugos. Es la oportunidad de demostrar lo profundamente humano que es el socialismo. No hay odio.” Los verdugos de su padre fueron procesados y sentenciados, pero no fue suficiente. ¿Cuánto más tienen que sufrir los venezolanos para sosegar esta adicción?

En España hay quienes aseguran que el financiamiento millonario a Podemos de Chávez fue su respuesta vengativa a la famosa y humillante intervención en Chile del Rey Juan Carlos interrumpiendo una de sus peroratas con la alterada súplica ¡por qué no te callas! Diosdado Cabello, con fruición, ha reclamado públicamente que el general Raúl Isaías Baduel era “su preso personal”.

El inmediato arresto de los ejecutivos de Citgo, cinco de nacionalidad estadounidenses, por causa de la extradición del colombiano Alex Saab, es un acto desesperado que se conoce como “diplomacia de secuestro”, un tipo de diplomacia asimétrica que es usada por estados débiles para presionar a otros más poderosos. Vienen a la mente los diplomáticos de Estados Unidos secuestrados por Irán en 1979.

Después de décadas en el ejercicio del gobierno, estos bolivarianos aún no comprenden el simple y elemental consejo de hace más de 2000 años de Sun Tzu “conoce a tu enemigo”. Poner a prueba la paciencia del país más poderoso del mundo no es “diplomacia de secuestro”, ni siquiera populismo, es una necia venganza que tendrá consecuencias que ya se iniciaron con Vielma Mora. Deberían ver como ejemplo la arriesgada apuesta de Iván Duque en política exterior al romper una tradición de neutralidad y apoyar, junto con el uribismo, a Trump en Florida. Una ineptitud diplomática impropia de políticos veteranos. Pese a que Duque ha visitado a Estados Unidos en tres ocasiones y ha intentado ser recibido en la Casa Blanca por Biden, no lo ha logrado, lo cual habla de consecuencias incluso con un socio de Estados Unidos como Colombia que solía ser un aliado privilegiado.

Política y adicción

En el segundo debate presidencial de 2016, Trump prometió que si era elegido enjuiciaría y encarcelaría a su oponente Hillary Clinton. Una promesa de campaña sin precedentes en la historia de Estados Unidos. Un acto puro de venganza. El grito de ¡Enciérrenla! (¡Lock her up!) devino en un eslogan de campaña de Trump que continuó durante su mandato con un maniático furor.

Trump difamó a Gonzalo Curiel, un juez federal nacido en Estados Unidos que presidía un caso de fraude contra la Universidad Trump señalándolo como un «mexicano» no calificado para ser un juez en ese litigio. Ya presidente, en virtud de una sentencia condenatoria de un superior, Trump hubo de pagar $25 millones a estudiantes de la Trump University, víctimas de la estafa. En 2018, a horas de que se cumpliera el tiempo para la jubilación del director encargado del FBI, Andrew G. McCabe, lo despidió para que no pudiera cobrar su jubilación por más de 30 años de servicio. El despido provocó vítores del entonces presidente Trump. La semana pasada, después de una demanda incoada por McCabe, el juez acordó restituirle la pensión escamoteada por venganza política.

Efectos políticos

El profesor Kimmel hace una última advertencia sobre la adicción a la venganza: el goce de la venganza en los gobernantes no sólo les hace un daño terrible a los objetos de su ira, sino también al resto de la población. Los partidos políticos y los grupos de interés en todas partes han llegado a desarrollar una dependencia en avivar la venganza para obtener donaciones y motivar a los votantes. Los gigantes del entretenimiento y las redes sociales usan contenidos basados en agravios para atraer espectadores y así aumentar la publicidad y sus ventas.

La actual campaña de Trump para levantar donaciones se inspira en estos agravios-estímulos. Una donación de $100, indica una llamada-robot de Trump a sus partidarios, ayudaría a que le devuelvan su cuenta cancelada en Twitter para atacar a sus enemigos. Por una cantidad similar, indica otra llamada de Trump a sus seguidores, podría «detener a Kamala Harris y al socialismo». Otra exigencia de dinero de Trump les garantiza que los demócratas del Congreso “no desmantelen el muro” que Trump nunca construyó a lo largo de la frontera entre Estados Unidos y México.

La recomendación del científico Kimmel al público es aprender a conocer “cómo, por qué y para beneficio de quién” se sienten agraviados. Es el comienzo para dejar de consumir la droga de su propia destrucción a través de las redes sociales. Facebook, la dueña de WhatsApp, considerada la más grande red social del mundo, con una capitalización en el mercado de $926 mil millones, está en el banquillo de los acusados en el Congreso de Estados Unidos.

Facebook es acusada de una voracidad sin límites para hacer dinero estimulando y explotando los agravios de una masa cautiva de millones que son adictos y no lo saben.

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