El saber frente al dominio: Fisuras, la puerta de la esperanza – y IV

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“La modernidad de la izquierda tiene el poder de imponerse sometiendo y obligando a ser obedecidos. Todo lo que no encaja debe ser purgado, reducido, para que emerja sin opacidad el orden que pretende imponerse”.

La autora, al cierre de esta serie, pone en contexto la realidad actual del país y su relación directa con el mundo universitario, por ser el equilibrio de las sociedades modernas, no solo por su impronta en el desarrollo, sino por ser la puerta a la academia y al conocimiento para el desarrollo, presente y futuro. “No le exiges a un sistema que ha eliminado el Estado de Derecho que garantice derechos”


 

Mirla Pérez / La Gran Aldea (Venezuela) – 11/10/2021

El artículo que hoy presentamos se sostiene en los tres anteriores, cerramos la serie, sin que implique un punto de llegada y unas conclusiones definitivas. Estamos haciendo la historia, el devenir será siempre sorprendente, una historia en desarrollo es una puerta abierta a la novedad.

Dos son las prácticas que nos han acompañado en esta lectura dolorosa, atrevida y abierta a comprender el discurrir de la vida y el poder. Lo primero es la dinámica universitaria asociada a la renovación, a la libertad, a la cultura y lo segundo encontrar esta dinámica asociada al poder. El poder interno, naturalmente, integrado a la libertad y el poder externo asociado a la opresión y a la eliminación.

Estos dos lugares los coloco en blanco y negro para poder marcar las diferencias, sin matices y desde la distinción plena. Nos debatimos entre dos tipos de hombres, humanidades contrapuestas, culturas y convivencias que van haciendo historias distintas. Esta distinción es hoy mucho más radical, la modernidad de la izquierda y el crimen, tienen el poder de imponerse sometiendo y obligando a ser obedecidos.

De algunas cosas parece no haber dudas, una de ellas es que el socialismo-chavista del siglo XXI es un sistema que se sostiene en el mal. Hablamos de un régimen que parte de la eliminación y la reducción del otro a la mismidad de su proclama, de su ideología, de su visión histórica. Todo lo que no encaja debe ser purgado, reducido, para que emerja sin opacidad el orden que pretende imponerse.

En eso vienen avanzando. Tienen un poco más de veinte años desarrollando una revolución. Tal como lo dice el chavismo en el Plan de la Patria 2019-2025: “No somos el ejercicio de una gestión de gobierno. Somos un proceso revolucionario. En ello la transformación del Estado, la lucha contra el burocratismo… no es simplemente un problema de ‘gestión’. Es la reconfiguración popular del Estado, haciendo del gobierno de calle, en sus distintas escalas sistémicas, un proceso constituyente para edificar el nuevo Estado popular, comunal, soberano”.

Están refundando la República o, mejor, están eliminándola y construyendo un socialismo que pasa por la revolución tal como ellos la entienden. En este sentido, no se representan como gobierno, no hay gestión, hay revolución. Las revoluciones no cuentan con las masas sino con vanguardias, con las minorías “selectas” de una mentalidad coaccionada, ideologizada y un cuerpo militar, policial, criminal, basados en la fuerza.

El sistema está sostenido en una minoría del 15 al 20%, más o menos, gente que da movimiento a las estructuras comunales. Agentes de control y vigilancia, basados en la imposición y no en el liderazgo. Jefes de cualquier instancia orgánica en las localidades o instituciones. Se desplazó la noción y acción del líder por la obediencia, sin persuasión, sin convicción, sin atracción, sin proyecto.

De este modo ha venido discurriendo el proyecto comunal, que para mantenerse no necesita de mucha gente, basta con el corpus que le permita concentrar el proyecto y las vías del poder. Si no lo hace suyo la mayoría, ¿puede hablarse de totalitarismo? Por supuesto, un proyecto totalitario no tiene que ser creído ni seguido, en la medida que limite la libertad, obligue la obediencia, y se imponga por la fuerza en todos los dominios de la vida, en ese sentido lo es. Es totalitario cuando se sabe único, cuando elimina todo poder que puede hacerle sombra o puede ponerle en peligro. Cuando tiene la capacidad de eliminar toda expresión de vida que se distinga, sea autónoma, sea soberana.

Importa sobremanera, al régimen, la erradicación pública de expresiones de libertad, aunque en lo privado se lidie desde la coacción. Eso quiere decir que el pensamiento no logra someterse y eso presenta la fisura por donde se puede abrir la brecha, nunca el daño es tan radical que logra inhabilitar a las comunidades ni a la persona para la acción centrada en la libertad. Ese es su hándicap.

Cuando empezó toda esta lucha universitaria el eslogan que más se repitió por la actual rectora de la Universidad Central de Venezuela (UCV) fue: “Por una universidad plural, autónoma e independiente”, y en una entrevista concedida a El Estímulo dijo: “Si a mí me obligaron a permanecer en mi cargo, tenlo por seguro que estaré en ese cargo hasta que existan elecciones que sean no solamente democráticas, sino producto de la comunidad universitaria”. La gran pregunta es, ¿convocaron las autoridades unas elecciones libres con el claustro universitario que tenemos y que determina la ley?

No quiero quedarme únicamente en la figura de la rectora, es más útil ver el problema desde la mentalidad de las autoridades independientemente de su puesto de decisión y responsabilidad. En cierto sentido, mirar los hilos que tejen la trama de la obediencia y los argumentos que la justifican.

Nos detendremos, por lo pronto, en solo dos discursos: El primero, me obligaron y por eso estoy aquí, lo tomo como espacio de resistencia; y el segundo, hay que mantener abierta a la universidad de otro modo la intervienen.

El primero ha sido el discurso que han sostenido todas las autoridades desde el director de escuela hasta el rector, la resistencia puede entenderse solo como repliegue e inacción, poco se ha hecho para producir un movimiento de las bases contra el “orden” interno de la universidad que tendría efecto sobre lo externo. En términos políticos ha sido una consigna sin saldo organizativo ni de poder alterno, ha implicado mantener abierta la universidad sin condiciones de conexión, sin condiciones laborales y sin condiciones de vida para los profesores, estudiantes, obreros y empleados, esto nos coloca en el segundo discurso: Mantener abierta a la universidad.

Me pregunto, y nos preguntamos quienes pensamos en estos días este tema tan candente: ¿Qué implica resistir y mantener la universidad abierta en el seno de un sistema totalitario? Bajo esta pregunta me encuentro con el escrito razonado de Carolina Jaimes Branger: “Hasta el momento que escribo este artículo, viernes 17 de septiembre en horas de la tarde, las mejores respuestas que he recibido de los USBistas que conozco han sido tibias: ‘vamos a ver qué hacemos’; ‘nos estamos organizando’. Las demás, lejanas e indiferentes: ‘somos científicos, nuestras armas son las computadoras y el pizarrón’; ‘soy ratón de laboratorio, no político’, y la peor: ‘es que han sido muchos años de coñazos y estamos desesperanzados’”.

La desesperanza es el peor estado de ánimo cuando se lucha en contra de un sistema totalitario, es inmovilizador, fatalista, eso no ayuda. Tampoco ayuda la excesiva euforia basada en un sentimiento sin asidero, la mejor disposición es aquella que se centra en la comprensión de los fundamentos y en la acción que produce cambios. La trasformación es la esperanza, no esperado sino trabajado, luchado. La esperanza es construcción, es disposición a luchar en compañía de los otros.

Nos toca construir un camino que se justifique por sí mismo, se plantee como alternativa. No le exiges a un sistema opresor que ha eliminado el Estado de Derecho que garantice derechos. Mientras no se entienda que estamos en medio de un régimen que no garantiza ni vida ni derechos, sino que su vocación es la de eliminar, no podremos dar pasos firmes hacia el restablecimiento de un Estado de Derecho a quien se pueda exigir.

Por otro lado, está la resistencia, una posición existencial que no solo preserva la vida, sino que empuja a producir el cambio que se requiere en un sistema que no dialogará nunca, sino que se impondrá por la fuerza. Resistir es luchar y no solo estar o permanecer.

Quienes facilitaron la entrega de la autonomía universitaria lo hicieron bajo la excusa de “mantener abierta la universidad”, en sí mismo es un despropósito, las evidencias apuntan a que el régimen la mantendrá abierta, un gran número de profesores han emigrado, sostendrán la matrícula como lo han hecho en las universidades del sistema: profesores exprés, milicianos o cualquiera.

Toda acción debe pasar primero por el restablecimiento de la autonomía desde el cambio de las autoridades hasta el financiamiento de una universidad libre, independiente y autónoma. Esto implica cambios. El principal desafío amarrado a la esperanza que tenemos los universitarios, es mover la mata de las autoridades internas para que se hagan a un lado y convoquen las consultas electorales que permitan renovar el poder interno.

Si este proceso se hace desde los parámetros de la libertad, apostando a las prácticas democráticas y basado en la ley y el claustro que contempla, podremos dar un salto importante. Podemos reivindicarnos como institución, daremos el primer paso en el camino que nos lleve a la libertad. El reto es convertir las universidades en espacios de desobediencia y buscar el modo de autofinanciarse. Convirtamos la autonomía en el gran proyecto académico, político y de resistencia, raíz de toda esperanza.


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