Las guerras de Putin

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“Rusia es lo que es como nación. Seguiremos siendo lo que somos. Los que estén con nosotros vivirán. Y al resto, los mataremos”.

El fundamento filosófico del expansionismo ruso es el paneslavismo, una suerte de reflejo invertido del pangermanismo, con todos sus horrores y ninguno de sus rasgos civilizatorios, de superioridad cultural, científica y técnica


 

Luis Marín / Venergia.org (Venezuela) – 03/11/2022

Su irrupción en la política nacional ocurre con la segunda guerra de Chechenia que estalló a mediados del año 99 por la falta de resolución de Boris Yeltsin al primer conflicto que duró casi dos años, entre diciembre de 1994 y agosto de 1996, manteniéndose en forma irregular desde entonces.

Nombra a Putin como primer ministro con ese encargo específico, en el contexto de unos atentados terroristas en Moscú que, si no fueron provocados, como se sospecha, resultaron muy oportunos para que se presentara como el salvador, con ese lenguaje rudo, a menudo soez, que muestra al hombre fuerte que adora el populacho: “Perseguiremos a los terroristas donde estén, si los hallamos defecando en el retrete, los mataremos en el retrete”.

Yeltsin abdicó a la presidencia el 31 de diciembre y le sucedió su primer ministro para el inicio del nuevo año, milenio y lo que sería “La Nueva Rusia”. Es ratificado electoralmente en marzo y ya en mayo dio por resuelto el problema checheno, con firme determinación, al arrasar la capital, Grozni, e imponer un gobierno títere, que todavía le sigue servilmente.

Hubo otra guerra precursora en Moldavia, de diciembre de 1990 a julio de 1992, que prefiguró el guion de las guerras subsiguientes: La población ruso parlante reclamó la secesión del gobierno central y proclamó una república independiente en la orilla oriental del río Dniéster, Transnistria, para luego solicitar su adhesión a la gran federación rusa, que interviene poniendo un contingente de tropas en custodia de ciudadanos considerados rusos.

Este esquema se repite meticulosamente en la guerra de Georgia, del 7 al 12 de agosto de 2008, en una verdadera guerra relámpago, Putin aplasta al ejército georgiano y ocupa las provincias separatistas de Abjasia y Osetia del Sur con el propósito manifiesto de unirlas a la madre rusa.

Putin decidió la intervención en la guerra civil siria el 30 de septiembre de 2015 para apoyar al dictador Bashar Al Assad que enfrentaba una rebelión desde 2011 derivada de la llamada Primavera Árabe que conmocionó todo el norte de África y Medio Oriente, generando la caída sucesiva de varias autocracias árabes.

Es fama que estaba consternado por el derrocamiento de Muammar el Gadafi en Libia y no estaba dispuesto a permitir que algo así le pudiera ocurrir a un muy viejo amigo de la era soviética, de paso, podría realizar la todavía más antaña aspiración de arribar a las cálidas aguas del Mediterráneo, por lo que pactó en 2017 la cesión de soberanía a Rusia de los puertos sirios de Tartus y Latakia por 50 años, prorrogables por períodos de 25 años.

En Siria se experimenta toda la parafernalia militar postsoviética, con el mismo esquema de fuego avasallante y tierra arrasada, del que Alepo es apenas un trágico ejemplo.

La percepción que alienta esta estrategia es que la retirada de la URSS de Afganistán, entre el 15 de mayo de 1988 y 15 de febrero de 1989, fue el canto de cisne del imperio soviético. No pasaron ni 9 meses y ya estaban derribando el muro de Berlín y con él, todo el sistema.

Putin pensó que a la OTAN le pasaba algo similar con su retirada aparatosa de Afganistán, entre mayo y agosto de 2021, una señal para pasarle la factura y se vendrían igualmente abajo; de manera que no pasaron ni 6 meses y ya estaba invadiendo a Ucrania el 24 de febrero de 2022, con el esquema esbozado anteriormente: las provincias de Lugansk y Donetsk declaran su independencia de Ucrania, siendo reconocidas por Rusia, que luego aumenta la apuesta incorporando también las de Zaporiyia y Jersón, ya antes, en 2014, se había anexado la península de Crimea.

Confiaba en la falta de voluntad de lucha de occidente y en que el gobierno ucraniano se derrumbaría al primer empujón, como les había ocurrido a ellos; pero no se trata sólo de un error de cálculo. El fundamento filosófico del expansionismo ruso es el paneslavismo, una suerte de reflejo invertido del pangermanismo, con todos sus horrores y ninguno de sus rasgos civilizatorios, de superioridad cultural, científica y técnica.

Reivindica su oscura unidad de sangre y suelo (Blut und Boden), su aspecto positivo que es la supremacía eslava y su aspecto negativo que es la aniquilación de todo lo que le sea extraño; pero los métodos rusos siguen siendo bárbaros, primitivos, aderezados con la fría sagacidad del gánster y la despiadada lógica de la mafia.

Yevgeny Satanovsky, Presidente del Instituto Ruso para el Medio Oriente, lo resume prístinamente: “Rusia es lo que es como nación. Seguiremos siendo lo que somos. Los que estén con nosotros vivirán. Y al resto, los mataremos”.

Su árbol de las tres raíces, por usar una metáfora conocida, es: la autocracia, porque nadie duda que en Rusia se restableció el zarismo entendido como gobierno unipersonal absoluto; la ortodoxia, porque la iglesia vuelve a estar en el centro del poder y lo que llaman “narod”, que puede traducirse como nación o pueblo, porque la expresión admite ambas acepciones.

Restaurar el Gran Imperio Ruso, en lo que los geopolíticos afines al Kremlin, copiando una vez más a los germanos sin superarlos en nada, llaman “Eurasia”, un sólido bloque continental alrededor del cual deben girar las demás naciones.

A Putin se le atribuye también una cierta afición por la historia, lo que autoriza a pensar que tiene como telón de fondo otra gran guerra patria, la Guerra de Crimea (1853-1856), por muchos considerada como la primera guerra moderna, en que se estrenaron los grandes inventos, como los buques de vapor, el ferrocarril, la fotografía, la balística, etcétera.

Brevemente, fue un gran choque de imperios, el ruso y otomano en primer plano, pero luego el imperio británico y el francés, que intervinieron para apuntalar a los turcos e impedir la expansión de los rusos hacia los Balcanes y el Mediterráneo.

Los franceses de Napoleón III conquistaron Sebastopol, los británicos de la reina Victoria escenificaron sus últimas cargas de caballería ligera y prefiguraron lo que sería la cruz roja internacional dándole un toque de humanidad a la carnicería; juntos humillaron a Nicolás I que murió antes de firmar el Tratado de París de 1856, por el que Rusia tuvo que confinarse a esperar que un Putin cualquiera la trajera de nuevo a disputar por Crimea, la flota del Mar Negro y el acceso al Mediterráneo.

Puestos en esta perspectiva histórica, conviene recordar que entonces se volvió a esgrimir el mito de la reconquista de los lugares santos, de Jerusalén, el sitio de la Natividad, el Cenáculo, el Santo Sepulcro, pretensiones de la Iglesia Ortodoxa de Moscú como de la Católica de Roma.

Moscú no reconoce a Jerusalén, única e indivisible, como la capital del Estado Judío y la política Vaticana sigue siendo su internacionalización. Turquía, Irán, el mundo árabe, la ponen en la diana. Sombríamente, la guerra de Ucrania, otra vez, se cierne sobre Israel.

Las guerras, se dice, tienen orígenes económicos; pero sus fines más bien parecen místicos.

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